Síguenos en Facebook

Síguenos en Twitter

Calendario de Entradas

septiembre 2019
L M X J V S D
« dic    
 1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
30  

Cuarta planta: De la virtud de la tenacidad y el instante (*)

 Ignacio Cóbreces

Gabinete Comunicación del INFO

Ilustración: Antonio Segado

Ilustración: Antonio Segado

El señor Basilides era lechonero. Poco antes de proclamarse la II República, casi adolescente, comenzó a recorrer las ferias del norte de la meseta. Un peregrinaje anual que le llevaba por los pueblos, generalmente los que eran cabeza de partido, donde se celebraban las ferias de ganado emparejadas a santos patrones y advocaciones marianas. El recorrido empezaba en Las Candels, principio de febrero, en la montaña, y terminaba con junio, el día de San Pedro, entre los terracampinos. Hiciera frío, diluviara, bajo el sol abrasador o soportando los cierzos, no se perdía ni una. Le iba en ello la vida. A diferencia de los pequeños minifundistas con los que comerciaba, su único peculio era el carro de varas, la mula que lo arrastrabay los gochos con los que traficaba de mercado en mercado. Aquí cambiaba uno recién destetado por un saco de cebada, en la siguiente el saco de cebada por una marrana, más tarde, las crías por un verraco.

De trueque en trueque –sobre todo negociaba, el matriarcado al poder, con las castellanas viejas, a quienes atribuía tan grandes virtudes comerciales como honradez en las transacciones- no cejaba en su empeño, una vez que la señora se acercaba al carromato, en la posguerra viajaría con una de las primeras camionetas Ford existentes en la región, para que una vez entablada la negociación, llegar hasta el final. Jamás de los jamases dejaba las cosas a medias, nunca decía “ya lo veremos otro día, señora” o “piénselo Ud. mejor mañana”. Entre otras razones porque podía pasar un año hasta el “mañana” de la siguiente feria. Paradigma de la tenacidad al instante. El Sr. Lides utilizaba otra expresión menos sofisticada, más testicular, tan nítida como irreproducible, para describir la constancia en el aquí y ahora. Muchos años después, mediante una extraña metáfora, afirmaba que tratar con una clienta, por terca que ésta fuera, era como regar las patatas en la huerta: el agua tenía que llegar, costase lo que costase, incluso con el surco en ligera pendiente, hasta el final. Si no les llegaba el agua, las patatas en flor terminaban por marchitarse. Siempre había que llegar al límite. Hasta la linde.  Y ya, no le servían las demoras. Era perseverante en todo, fuere para acudir a los entierros, encabezar las procesiones o discutir sobre el franquismo. Hasta para seguir cenando sopas de vino con ochenta años.

Cuando paso por el “hall” de entrada del INFO y veo jóvenes aspirantes a emprendedores –sea por necesidad o inspiración- que vienen a informarse sobre los trámites y pasos necesarios para poner en marcha un negocio me viene a la mente la terquedad del señor Lides y me pregunto cuántos de ellos tendrán capacidad y, sobre todo, la voluntad para regar el surco del emprendimiento, siempre y sin dilaciones, cuando éste se ponga cuesta arriba. Porque, indisolublemente, la tenacidad va de la mano de la inmediatez. El paso del tiempo, dejar que las semanas discurran, que pasen los meses cuando las dificultades aparecen, parece la contradicción perfecta para la tenacidad. Amén de que el tiempo pudre los mejores propósitos y carcome los afanes más sólidos (¿Séneca?). Emprender, echarse a nadar, una vez que se ha tomado la decisión de tirarse a la piscina, por grande o pequeña que sea la empresa, requiere llegar hasta el final, por lo menos intentarlo, de inmediato, sin esperar al día siguiente.

Entre las muchas virtudes que, con toda certeza, atesoran los jóvenes y algunos menos jóvenes que esperan impacientes, con la carpeta llena de papeles y el identificador de visitante al cuello, es deseable que gocen  de la  virtud de la tenacidad, de otro modo será complicado, sino imposible que salga para adelante. Por muchos planes de negocio que uno haga, por muchos trámites burocráticos que se cumplimenten, si se carece de obstinación, si no se es obcecado hasta el remate, resultará imposible ir lejos. Se puede tener mucha, muchísima ambición, pero si no se apoya uno en la palanca de la tenacidad, el salto será en el vacío (¿Sócrates?). Con frecuencia, para más señas, sin redes de seguridad. Todos los esfuerzos, por loables que sean, caerán en saco roto. La terquedad, habitualmente considerada como un defecto en las relaciones sociales, es un plus ineludible para quien se inicia en el mundo de los negocios. Y para el caso, en cualquier proyecto. De otro modo, si no se pone la fuerza de voluntad para llegar hasta la orilla, los esfuerzos, el empeño, los recursos económicos y el tiempo empleados hasta el momento del abandono se transformarán en relicarios para el osario de las buenas intenciones (¿Schopenhauer?). Pero absolutamente nada más.

Si ante el primer gerente, incluso ante el cuarto, de la entidad financiera que persiste en no avalar nuestro proyecto se inclina la cerviz y nos entregamos con bagajes y armas al enemigo de la inconsistencia, más nos valdría no haber empezado (¿San Mateo?). Siendo de letras, me resultan bastante incomprensibles las fórmulas matemáticas pero ésta, aunque no la entienda, me gusta:

En la ciencia de los materiales, la tenacidad es la energía total que absorbe un material antes de alcanzar la rotura por acumulación de dislocaciones. O lo que es lo mismo, los obstáculos que tiene que soportar un emprendedor, por utilizar un símil deportivo, para “no romperse”. Y como virtudes complementarias: maleabilidad, resiliencia, sectilidad, ductilidad, flexibilidad, elasticidad. Dije que era de letras. Me resulta más comprensible el origen etimológico de tenacidad, con la raíz indoeuropea –ten (tender o estirar) de donde proceden tantos vocablos en castellano, vía el latín, tenacitas, como signo del empeño, la constancia, la obstinación: ten-er algo y no soltarlo, dominarlo como en ten-edor, ten-aza, manten-er y conten-er.

“!Sos-tén, xxx, sos-tén!”, grita mi abuelo, refiriéndose al ronzal del aparejo de la mula, mientras él intenta desatestar la rueda, embarrada hasta la maza, en medio de una gélida ventisca de nieve. Los veinte kilómetros caminados desde las cuatro de la mañana resultarán inservibles si no alcanzamos el fielato del mercado de Lerma que se divisa en la lontananza. El trayecto iniciado se lleva hasta el final porque mientras no se alcance la meta, todos los esfuerzos realizados con anterioridad habrán sido en vano. Sólo cabe la porfía y la obcecación ante los problemas que inevitablemente surgirán. En los atolladeros, perseverancia, ante las contrariedades, firmeza. No pararse, seguir nadando.

Le encantaba, para subrayar la importancia de la tenacidad, contar la historia (¿Samaniego, Iriarte?)  de las dos ranas que cayeron en una tinaja conteniendo leche. Aunque eran buenas nadadoras, después de un tiempo empezaron a cansarse. Y cuando intentaron salir, descubrieron que estaban muy lejos del borde como para alcanzarlo de un salto. Una de las ranas se desesperó. No puedo más, jadeaba, no saldremos vivas de aquí. Resiste, resiste, le respondía la otra. Ya encontraremos una salida. No debes abandonar. Sigue nadando, busca mantenerte a flote. Un rato más tarde una de ellas renunció a continuar esforzándose, y se hundió. Su valiente compañera siguió nadando, con la energía que da la confianza en sí misma. Y tanto nadó y nadó, que la leche comenzó a cuajarse por el batido de sus patas hasta convertirse en sólida mantequilla. Y en ella pudo hacer pie para dar el salto que la sacó de la trampa.

El señor Basilides nunca oyó hablar de un tal Colin Powell que decía “no hay secreto para el éxito, éste se alcanza preparándose, trabajando arduamente y aprendiendo del fracaso”, tal y como se deletrea en el hall de entrada al INFO donde entre inquietos y tímidos esperan nuestro apoyo y consejo los emprendedores. Pero no le hubiera gustado, seguro. Detestaba a los generales y más si hubiera sabido que el fracaso al que se refería Mr. Powell era la desastrosa guerra de Irak. Mi pequeño deber de emprendedor, ya, aquí y ahora, en honor a la tenacidad de mi abuelo, será convencer al director para que la sustituya por esta otra que él usaba con frecuencia, aunque nunca dijo de dónde la sacó: “La ambición es el camino al éxito, la tenacidad, el vehículo en que se llega”. A precisar que se ceñía a la literalidad y sustituía vehículo por carro. Aunque ya de puestos, le voy a sugerir que la ponga en portugués, que suena incluso mejor: “Ambição é o caminho para o sucesso. Persistência é o veículo no qual se chega lá”. Cualquier día de éstos. ¿Cualquier día de éstos? Espera, que pasa hacia su despacho.

 

Ignacio Cóbreces

(*) Las opiniones que pudieran derivarse del texto son las personales del propio autor y no tienen necesariamente que ver con las políticas oficiales del Instituto de Fomento

Un comentario para “Cuarta planta: De la virtud de la tenacidad y el instante (*)”

Deja un comentario