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Cuarta planta: ¿Es la iniciativa empresarial una cualidad innata? (*)

Ignacio Cóbreces
Gabinete de Comunicación del INFO

Al principio, hace unos años, escuchaba estas historias con la boca abierta. Viniendo de una región donde las piruetas laborales eran completamente inexistentes –el hijo del labrador era tataranieto de labrador, otro tanto el del herrero, etc.- el emprendedurismo, emprendimiento, como dicen que ahora se dice, de las gentes del Levante me resultaba singular. Su capacidad para idear, inventar o emprender negocios, chocante. Conozco decenas de historia similares en la Región de Murcia. Como la del adolescente de Cabezo, apenas de 15 años, que sale de Murcia en plena Guerra Civil para recalar en Marsella, tras un rocambolesco periplo. En apenas unos años se convertirá en uno de los principales exportadores de cítricos de la región. Otro, no mucho mayor en edad,  vecino de Beniel, que en 1957 cae, casi por azar, en la estación de Austerlitz (“je ne parle pas français”) y, aún hoy, más de medio siglo después, en cualquier restaurante parisino digno de tal nombre, y hay muchos, los limones con su marca (en realidad el apodo del tatarabuelo) son tan ineludibles como las ostras sobre las que se exprime su zumo.

Frecuento a los descendientes de uno y otro. Aún admitiendo que la movilidad social es uno de los signos de los tiempos y que muchos de sus vástagos se ganan la vida en profesiones notablemente diferentes, basta hablar cinco minutos con ellos para darse cuenta de que el sobresaliente dinamismo de sus ascendientes sigue estando bien presente en los descendientes. ¿Lo habrán heredado tras tres generaciones? ¿Es posible que su sentido de la imaginación, el emprendimiento o emprendedurismo sea algo genético? Parece como si ciertos individuos, lo mismo que heredan, de generación en generación, el azul de los ojos o las pecas en la mejilla, también asuman los rasgos familiares para impulsar una idea que no se quede sólo en eso, antes bien, convertirla en algo útil o provechoso. Sea en el ámbito de los negocios, el ocio o su propia vida. Como dicen en mi pueblo, llevan el discurrimiento en la sangre. Hasta para asuntos tan banales y, hablo de casos bien concretos, sobre cómo aprovechar mejor el espacio en la cocina o cómo crear una línea aérea de bajo costo. Lo que podría llevar a pensar, como se suele decir, que algunos han nacido de pié. Mejor aún, echados “p’alante” a la hora de impulsar sus negocios e intereses por pequeños o grandes que sean. Al menos, por lo que concierne a su sentido del emprendimiento.

Por el contrario, también la casuística es abundante a la inversa. Hay muchos otros empresarios y emprendedores en cuya esfera familiar no ha existido ninguna lumbrera empresarial. Sin embargo, de repente, alguien que de adolescente fue vendedor de libros o comercial de generadores, como por arte de magia, le llega la inspiración, como venida de lo alto, también la decisión y el coraje, todo hay que decirlo, para acometer una línea de negocio única, novedosa, imaginaria. De la nada, construye un pequeño imperio empresarial. Atribuible a veces, aunque no siempre, a que ha recibido una formación exquisita, se ha rodeado de colaboradores extraordinarios o, simplemente, ha sabido toparse con el negocio exacto, en el momento justo y necesario.

Antiguamente, más bien por obligación social, las generaciones de profesionales, fueran herreros o médicos, pasaban de padres a hijos, nietos y bisnietos. Ahora, ciertamente, esas imposiciones sociales no existen, salvo muy contadas excepciones. Cualquier graduado universitario, incluso un buen estudiante de bachillerato, dispone de las bases y una educación empresarial razonablemente decente. Es decir que, en potencia, todos disponemos de la libertad suficiente y la educación adecuada para desarrollar la inventiva e impulsar un pequeño o gran “business”. El caldo de cultivo está ahí. Sin embargo, algunos somos negados para ello, bien nos falta la iniciativa, la capacidad… o los rasgos genéticos. Somos tal palo de tal astilla, para las cosas buenas y para las menos. Incluida la capacidad para emprender.

Creo que aunque un cierto ambiente y una buena formación constituyan la parcela importante del “humus” en el que pueden medrar los emprendedores, aún más esencial es “un no sé qué”, sea cromosómico, sea mental, que nos convierte a unos en aprendices de emprendedores y a otros, tocados por una varita mágica, en superdotados del emprendedurismo. Si no hay un extraordinario sexto sentido de la iniciativa y una notable capacidad de decisión, difícilmente, por mucha cultura, aprendizaje y formación que se reciba se convierte uno en emprendedor. Las discusiones sobre si los factores sociales y psicológicos son determinantes podrían durar hasta el infinito. Pero como en tantas profesiones, y la de emprendedor es una, el sentido del riesgo, de  tirar para adelante, de osar, cueste lo que cueste o se tiene o no se tiene. Soy de la opinión de que no se adquiere.

Por eso, ahora que por necesidad o virtud tanta gente acude al Instituto de Fomento a recabar apoyo porque desea emprender un negocio, ¿no convendría, aún haciendo de tripas corazón, para evitar en el futuro males mayores y frustraciones mayúsculas, decir claramente al candidato: “Ud. No sirve para emprendedor”? Claro que para alcanzar ese grado de discernimiento, acaso también se necesite un cierta dosis, ¿también innata?, para percibir en un corto espacio de tiempo si alguien tiene cualidades congénitas para emprender. O no.

Pero empujar, insistir para que alguien se convierta en emprendedor porque es lo que toca en estos tiempos de crisis, acaso hasta sin vocación para serlo,  no parece lo más conveniente. En el INFO tenemos una panoplia de instrumentos y herramientas que, sin duda, ayudan al emprendedor, al que tiene iniciativa, a seguir ese camino. Pero las herramientas sirven de poco sino se tiene el espíritu de audacia y resolución indispensables. Y éste, en mi opinión, no se gana, no está revoloteando en la atmósfera, se lleva en la sangre. Nunca mejor dicho.

Y tú, ¿eres genetista o ambientalista? ¿Eres de los que creen que un individuo nace con unas capacidades de emprendedor, heredadas, completamente fijas y estables? O bien ambientalista ¿nadie en tu genealogía tuvo la capacidad para iniciar nuevas empresas o actividades, pero tú  eres el producto genuino de la interacción herencia-ambiente lo que te convertirá en una eminencia empresarial de la región en unos años?. Me pregunto –mientras en la cena de Nochevieja, me lo cuenta el protagonista, acercándose a los noventa- lo que yo hubiera hecho, si en el año 1957 me hubiera encontrado tirado (“je ne parle pas français”) en el andén de Austerlitz. ¿Me hubiera faltado tiempo para montar en el tren de vuelta? O por el contrario, ¿me hubiera atrevido a tomar el metro para ir hasta Les Halles, el mercado central de frutas y verduras?

(*) Las opiniones que pudieran derivarse del texto son las personales del propio autor y no tienen necesariamente que ver con las políticas oficiales del Instituto de Fomento.

Un comentario para “Cuarta planta: ¿Es la iniciativa empresarial una cualidad innata? (*)”

  • Isabel del Rey:

    Una muy interesante cuestión muy bien expuesta.
    Mi opinión, que no deja de ser sólo eso: Hay una mezcla de ambas cosas, de genética y de ambiente, y no hay que olvidar el momento. Pienso que en las personas pueden operar circunstancias que son un click, un detonante para la revelación de aptitudes y rasgos ocultos o dormidos. Y en épocas difíciles, esa aptitud para emprender puede emerger en personas que desconocían tener la capacidad para concebir, gestar y desarrollar una empresa.

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